Kibutz Bar'am, una gran familia

Daniel Salgar Antonlínez

Esta comunidad, en el norte de Israel es una de las 276 que conservan un estilo de vida comunitario y propiedades colectivas.

 

Una manizaleña, tres costeños y yo, un bogotano, aterrizamos en Tel Aviv a las cinco de la mañana del primero de diciembre de 2009. Desde entonces, los paradigmas de nuestra mente occidental empezaron a desmoronarse poco a poco. Y después de trabajar diez meses como voluntarios para un kibutz en las montañas de Israel, llegamos a sentir que teníamos 600 hermanos y una inmensa casa a la que fue difícil decirle adiós.

 

Aya Sagi, la directora del programa de voluntarios para los kibutz, nos embarcó en un tren que bordeó el mar Mediterráneo hasta la última estación en el norte del país, en una ciudad llamada Nahariya. Sentados en el andén frente a la estación, esperamos a Raviv Gutman, jefe de voluntarios del kibutz Bar’am, que nos recogió en su camioneta de policía dos horas más tarde. Nos alejamos de la costa mientras subimos las montañas del Golán hasta un condominio forrado de vegetación, en cuyas calles se transportaban ancianos en sillas eléctricas y bebés en cunas motorizadas, y nos detuvimos frente a su imponente comedor comunitario para 800 personas.

 

Era la hora del almuerzo. Dos voluntarias costeñas nos introdujeron a un buffet de Oriente Medio y nos recomendaron el schnitzel —pollo apanado, uno de las delicias de Bar’am—. Mientras almorzábamos, nos presentaron otros 20 voluntarios de diversos países, que comían a las carreras antes de regresar a sus trabajos, y a la esposa de Raviv, una exvoluntaria paisa que trabajaba en la cocina. Centenares de personas llegaban al comedor, unas en traje de etiqueta, otras montaraces, otras en pijama. Se saludaban y comían juntas, como una gran familia.

 

Después de almorzar, nos ubicaron en habitaciones de dos personas repartidas en tres edificios de dos pisos que constituyen la sede de voluntarios, a menos de tres cuadras del comedor. A pesar del invierno gélido y de que estaba extenuado después de 15 horas de vuelo, salí a caminar con la manizaleña. Pasamos por el teatro, el coliseo, la piscina (que para entonces estaba congelada), las canchas de tenis y las extensas zonas verdes que conforman lo que parecía una pequeña ciudad. No entramos a estas instalaciones, porque pensamos que costaría dinero. Pero luego nos enteramos de que en Bar’am el dinero no se utiliza.

 

Llamaba nuestra atención el intenso olor a pino del kibutz, que está entre un bosque declarado reserva natural; el canto de las mezquitas que llegaba desde el Líbano, pues la frontera con este país está a 300 metros del lugar; las trincheras con huecos de bala que rodean la comunidad y los búnkeres subterráneos para refugiarse en caso de una guerra. En 2006 hubo guerra contra el Líbano, mujeres y niños se refugiaron en los búnkeres mientras que los hombres, fusil al hombro, trabajaron viendo misiles entrar y salir de su país. En el búnker de voluntarios, que fue nuestra sede social durante el invierno, había seis catres, un playstation y una mesa de ping pong donde reinaba Dong, el voluntario coreano.

 

Nuestro primer trabajo fue empacando kiwis, duraznos y manzanas de seis de la mañana a cinco de la tarde en una fábrica que, junto con otra empresa productora de insumos médicos que exporta a Estados Unidos, representan el principal ingreso económico de Bar’am. Este kibutz, si bien conserva el estilo de vida comunitaria en medio del bosque, también tiene una industria pujante, por lo cual se ha convertido en el quinto más rico de Israel. En la fábrica conocimos habitantes del lugar y entonces la pequeña ciudad empezó a develarse como un sistema completamente distinto al de nuestras ciudades de origen. Los residentes del kibutz que trabajan como directivos, operarios o choferes en estas compañías reciben la misma suma anual de dinero (que sólo varía de acuerdo con el número de sus familias). Y todos los miembros del kibutz, trabajen o no, tienen acceso gratuito e igualitario tanto a peluquería, bar, lavandería, museo, teatro, sedes deportivas y 90 carros compartidos por la comunidad, como a vivienda, alimentación, salud y educación —Bar’am paga la educación de los hijos de sus miembros, sea en Israel o en otro país del mundo—. El gerente empaca frutas con el operario, almuerza en el comedor con el operario, usa los mismos carros del operario, va a la misma peluquería del operario y vive en una casa como la del operario.

 

Empacamos frutas, con gerentes y operarios, durante las primeras dos semanas, hasta que fuimos trasladados a trabajos más amables. La manizaleña se fue a la cocina, donde aprendió a preparar hummus, falafel y las coloridas ensaladas y postres que se sirven los viernes en la noche para la cena del shabbat, cuando se inicia el día de descanso de los judíos (los días comienzan a las seis de la tarde).

 

A Óscar y a mí nos trasladaron al comedor y el 11 de diciembre construimos con los niños, usando pedazos de maquinaria obsoleta y material reciclado, los candelabros de nueve brazos llamados janukia, que serían encendidos durante los ocho días siguientes, el primer día dos brazos y en adelante un brazo cada día, durante la celebración de Januca.

 

Aunque Bar’am es laico, como la mayoría de los 276 kibutz que hay en Israel, practica las festividades judías y es apegado a su milenaria tradición. Comenzó Januca y durante ocho días el buffet incluyó vino y monedas de chocolate —que simbolizan las monedas que crearon los macabeos cuando recuperaron provincias de lo que hoy es Israel, que eran dominadas por los helenos en el siglo II a.C—. Y al octavo día, cuando el candelabro estuvo totalmente encendido, después de la cena los miembros hicieron extensas lecturas en hebreo que pronto aburrieron a los voluntarios, quienes no entendimos una sola palabra y regresamos a nuestra sede a jugar póquer en la mesa de ping pong.

 

La segunda semana de 2010 la manizaleña fue transferida a las 150 hectáreas de cultivos intensivos que rodean el kibutz, allí aprendió a distinguir entre las variedades de manzana que se cultivan en Bar’am, que es uno de los principales productores de esta fruta en Israel, y plantó, con gerentes y operarios, nueve hectáreas de Pink Lady —la manzana más fina del mercado israelí—. Además, aprendió a realizar control de las plagas que amenazan los cultivos de nectarinas, duraznos, peras, cerezas, kiwis y ciruelas que produce la comunidad. Tanto en este como en los demás kibutz de Israel, la agricultura está altamente tecnificada. Incluso los kibutz del sur, que es la parte desértica del país, tienen sistemas de irrigación para fertilizar la tierra y producir alimento: uno pasa por el desierto y ve, de repente, cultivos inmensos de aguacates.

 

Óscar y yo nos quedamos en el comedor y pronto empezamos con los preparativos para otra festividad: el Purim, que es similar a nuestro Halloween, excepto por el sentido religioso de los disfraces. El Purim celebra el milagro oculto que salvó a los judíos del exterminio decretado por el rey Asuero de Persia en 450 a.C. La idea es hacer una fiesta confusa, tanto por los disfraces como porque la comunidad bebe (gratis, por supuesto) y baila hasta confundir la realidad. El comedor se confundió con una gran discoteca, el costeño se disfrazó de Aladino, la manizaleña de marinero y yo de mujer. Y nos unimos a la confusión.

 

Así llegó la primavera. Y después de cuatro meses de trabajar en el comedor, lo suficiente para aprender a decir cuchara en hebreo (kaf)y psicoanalizar al antisocial del kibutz que conversaba y comía solo y sólo utilizaba las bandejas azules del buffet, fui a trabajar en los frondosos jardines. Malka Reguev, una anciana de semblante arbóreo que llegó a Israel después de la Segunda Guerra Mundial y participó en la fundación del kibutz, era mi jefa. Me enseñó a usar el rastrillo, a distinguir entre los pinos ciprés, jerusalén y canario, y me explicó que la vegetación que abunda en el norte del país no es nativa, sino que fue traída por los israelíes para fertilizar el suelo árido que caracterizaba estas tierras.

 

Durante el tiempo en que trabajé y aprendí con Malka, la comunidad celebró otras festividades. Entre ellas el día de la independencia de Israel, cuando los niños de Bar’am presentaron coreografías y batieron las banderas de su país. Los israelitas están dispuestos a dar la vida por su nación y este sentimiento patriota —y beligerante— se les infunde a los niños desde pequeños.

 

De los cinco meses que trabajé con Malka, en los últimos tres el verano fue insoportable y ella, admirablemente, trabajó con la vitalidad de un roble. “Trabajo para que este lugar sea bello, porque es mi casa”, decía arrodillada entre los arbustos bajo el sofocante sol de Oriente Medio.

 

Cien años de vida comunitaria en Israel

 

Los primeros kibutz, que fueron comunidades agrícolas construidas en territorio palestino, entre 1909 y 1911, por judíos inspirados en el socialismo y el sionismo, están cumpliendo 100 años. Aunque conservan la agricultura, actualmente dependen de las industrias que han desarrollado. El más rico de los 276 que hay en Israel es el kibutz Sasa, que produce material blindado para los ejércitos isrealí y estadounidense. Dado el auge del capitalismo, muchas de estas comunidades han perdido la noción de propiedad colectiva y las políticas igualitarias con que fueron fundadas. Las que sobreviven están en riesgo de privatizarse.

 

 El kibutz Program Center trae 1.200 voluntarios (80 colombianos) al año para preservar estas comunidades. En los últimos dos años esta entidad ha difundido el conocimiento de los kibutz en el planeta y para junio planea reunir el mayor número de voluntarios en Israel.

 

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